Escribir

Por muchos años salía natural, escribir ficción salía natural, al punto de que solo necesitaba que alguien me nombrara un objeto, un sustantivo, era suficiente para que yo escribiera una historia corta. Recuerdo los blocks de papel amarillo que llene a punta de –“Papá, dime una palabra” así de fácil salía. Tal vez no eran premios nobeles, tal vez no eran interesantes o maduros, eran solo escritos. Pero fluía.

Ahora cada vez que intento escribir ficción, imaginar mundos paralelos, vidas paralelas, no hago sino mezclar todo con la realidad y al final ya no sé qué escribo. No hago sino llenarlos de sentimientos y ganas de llorar.

Definitivamente eso que dicen los que escriben es muy cierto, ( y yo que no hacía más que leerlos y asentar con la cabeza). Escribir se hace escribiendo, escribir es como un musculo, mientras más se ejercita más fuerte se hace y menos difícil parece cada entrenamiento.

Voy a volver a escribir. No por nadie ni para nadie, por mí, porque a veces siento que escribir y no escribir es lo que me separa de mi misma, de la verdadera yo. La que sonreía de verdad y la que se paraba y buscaba lo que quería sin tanto miedo, solo con una sensación en la boca del estomago que una vez superada daba paso a las mariposas de emoción. La que podía ser feliz.

Escribir es tal vez lo único que puedo recuperar de todo lo perdido en estos años. Es lo único que perdí que puede volver a mi antojo. Y aunque no es lo más importante perdido, es lo que me queda.

Porque eso de escribir, no es para contar una historia, no es para inventar vidas, es para que sea más fácil vivir la que uno ya tiene.

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Me busco

Hay una parte de mí que se escapó con vos y otra que ya estaba perdida hace un tiempo.

Ahora no soy media sino un tercio, queda la indispensable para las funciones vitales, la que se deja llevar por la corriente. La que busca energía para poder luego ir a buscar a una de esas dos perdidas.

Tal vez deba empezar con la que se perdió primero, la de la razón, la que olvidó qué quería hacer con su vida. La que se perdió primero podría dar fuerzas para encontrar a la que se fue con vos.

Pero esa que se fue luego es la que más duele y pesa, esa se siente como un hueco en el corazón, como un físico espacio vacío, la que tal vez nunca vuelva, porque aunque no dejó carta de despedida todos sabemos dónde está. Esa es la que a veces no me deja avanzar

La que queda las busca en silencio, en trivialidades, en medio de libros, de papel y de arte. A veces parece que está cerca, como cuando el corazón da un brinquito de alegría al lograr dar forma a un papel o al dejarse llevar y llenar varias hojas de pensamientos y palabras.

Otras veces parece que está más perdida que las que busca, porque nada le quita el aliento. Ni la sonrisa que antes le quitaba el sueño, ni la brisa del viento en la cara que tanto añora cuando está lejos. En esos días, a veces la luna ayuda, y logra arrebatarle un buen pensamiento por unos segundos, pero no es suficiente.

No sé qué estoy haciendo o a qué me dedico, no es claro en este momento. Solo sé que me busco y todavía no me encuentro.

Eso somos

Y entonces el susurro de la vida te recuerda, me recuerda, nos recuerda.

Eso somos, susurros a la memoria, a la fibra, somos un estremecimiento de felicidad, de tristeza, de las llamadas no recibidas, del adiós olvidado, de la sonrisa imborrable.

Somos el respiro de la memoria, la palabra que llegó al fondo, el abrazo irrompible y una caricia intocable. Esa mirada, esa sonrisa, el susurro a veces es un grito, una lágrima, una carcajada.

Eso somos. Eso fuimos y eso seguiremos siendo.

Su mirada

Se está yendo, lo sé.

Miro al frente al infinito,  buscando su presencia, ella está ahí pero no, me mira y no me mira. Mira a través de mí y no a mí, lleva ya 10 días sin hablar y con la mirada perdida.

Es un día especial, pero no lo sabemos, para mi es otro día más con las esperanzas rotas, ella sigue igual.

La saludo, silencio, no me acostumbro a eso, un silencio impenetrable, un silencio seco que asusta, ni con la mirada puedo saber si me escucha o no.

Reclinada en la cama, sigue inmóvil, en frente unos platos medio vacios dan cuenta que es el segundo turno de visitas, luego del almuerzo.

Me acerco, y le tomo la mano, me aprieta. Ahora sé que ella sabe que estoy aquí, eso me alegra un poco. Su mirada sigue en el infinito, yo la miro, miro los platos y me alegra ver que comió más de lo usual en esos días. Digo alegre ¿comiste rico? Y sin que me lo esperará me mira, Me mira y hace una mueca que ambas entendemos, se está burlando de la pregunta absurda cuando las pruebas están en frente. Me sonríe con los ojos  me sujeta más fuerte la mano.

Yo, en ese instante soy la mujer más feliz del mundo, me miró de verdad, como solía hacerlo antes de entrar a esta sala fría de cuidados intensivos. Esa mirada fueron segundos, esos segundos magia pura.

Nuestros ojos se cruzaron, fui feliz. Yo no recuerdo la primera vez que lo hicieron, pero seguro que ella si, fui su primera hija y aunque hubiese sido la quinta, dicen que ese momento se graba para siempre en la memoria de las mamás. La última vez que eso suceda ella no lo recordará, pero yo sí, el primero fue su momento y el último el mío.

Después de un monologo sobre mi día y el de mi hermanita, debo decir adiós, quiero repetir y busco sus ojos, pero ella ya no está, otra vez volvió a su mundo. Me despido, me sujeta más fuerte, trato de soltarme y ella me lo impide, no me ve, pero sabe que estoy ahí, no quiere que me vaya, yo tampoco, pero afuera esperan por su turno, se lo explico y prometo regresar mañana en la primera ronda de visitas.

La beso en la frente, mientras ruego por que mañana me regale otros segundos de mirada real, de magia.

Pero es tarde para ruegos, la magia dura poco, lo bueno dura poco, los 14 años que la tuve valieron la pena y esos segundos fueron su adiós, ella lo sabía.

Las mujeres de mi vida # 4**

La vida le enseñó desde pequeña que nadie la tiene asegurada.

Muy joven perdió a su hermano, pero no las ganas de reír

Luego se fue su padre, pero no su valentía

Después llegó el turno de su madre… y bueno todos perdemos mucho cuando perdemos una madre, pero ella conservó todo el amor

Y entonces la vida le regalo una segunda madre, un padre y dos primas que por siempre serían sus hermanas.

Y aunque también perdió más seres amados, y a su segunda madre (la mía), ella aprendió a vivir de verdad, a gozarse la vida, a brindar amor y a perdonar.

La vida le enseñó que el hoy es lo que importa, que el pasado enseñó y que el futuro es incierto.

Ella vive y ha sobrevivido a todo y, sin saberlo, nos ha enseñado a sus hermanas del alma que aunque las cosas se pongan feas una sonrisa que sale del corazón nunca sobra.

**Las mujeres de mi vida: textos (unos cortos y otros más largos), pensamientos, escenas y recuerdos varios sobre las mujeres de mi vida. Siempre quise escribir algo como esto, pero nunca lo tuve claro (aún sigue sin estar claro) sin embargo, si no empezaba nunca lo iba a hacer.

Las mujeres de mi vida** #3

No para de llorar, está gritando, hacía solo unos minutos a paseaba por la biblioteca garaje, mi lugar favorito para jugar. Su coche verde manzana, como todo lo de ella, me dejaba pasearla mientras la veía de frente, sus gritos empezaron a desesperarme, intenté darle tetero pero no funcionó,  entregarle al “chupa” y tampoco, la cargue como pude pero también fue inútil. Ella seguía a llorando a todo pulmon, parecía que le doliera el alma, nada la podía calmar.

Yo solo tenía 7 años, ella estaba por su cuarto o quinto mes de nacida y justo unos momentos antes mamá había decidido que podía cuidarla unos minutos mientras ella iba a la tienda  a hacer alguna compra.

Los metros cuadrardos de la casa se quedaron pequeños,  fui y volví por toda la casa con ella encima, cantando todas las canciones infantiles que me sabía, y nada que lograba calmarla. Empecé a sudar, tal vez sólo habían pasado cinco minutos pero yo ya lo había intentado todo y nada funcionaba. Mientras una gota de sudor rodaba por mi espalda, recordé que a veces cuando ella empezaba a llorar tan intensamente era por el calor, pensé que quitarle la ropa podría ayudar, así que decidida y tal como lo hacía con mis muñecas, lleve a mi hermanita al cuarto de mis papás, la acosté y empecé a quitarle la ropa y ahí lo descubrí, lo que tenía que haber hecho desde el principio era cambiar el pañal, pero… yo nunca había cambiado uno, vi a mi mamá hacerlo muchas veces, aprendí a lavarlos y plancharlos, pero nunca había cambiado uno.

Tomé aire profundamente e inicié mi tarea, la primera parte fue fácil, pero ahora debía poner el nuevo, ¿qué debía hacer?, ¿cómo se suponía que iba a atravesar el gancho sin lastimarla?.

Ella ya estaba calmada, ahora solo jugaba con el sonajero que le había pasado y me miraba con sus ojos verdes coquetos, eso era todo lo que importaba, podía dejarla así y ahí hasta que mi mamá regresara y acabara de hacer el trabajo, mientras lo decidía, escuché la voz de mi mamá desde la puerta del cuarto Dale, tu puedes, yo te ayudo si veo que te vas a equivocar. Sonreí y pensé: ahora si puedo hacerlo.

Esa frase es la que siempre recuerdo cuando de ayudar, cuidar y aconsejar a mí hermana se trata. Ese día empecé el aprendizaje de cómo ser una segunda madre para ella.

**Las mujeres de mi vida: textos (unos cortos y otros más largos), pensamientos, escenas y recuerdos varios sobre las mujeres de mi vida. Siempre quise escribir algo como esto, pero nunca lo tuve claro (aún sigue sin estar claro) sin embargo, si no empezaba nunca lo iba a hacer.