La pared naranja

Viendo la pared naranja, recordaron lo feliz que habían sido juntos, los atardeceres naranjas, los otoños llenos de hojas amarillas en el piso, las tardes de café y té bajo las cobijas. Ya nada era igual, esa pared solo era un recordatorio molesto de un pasado colorido y un futuro incierto. Un futuro juntos, pero diferentes, nadie puede seguir siendo igual, nadie en la mañana es igual al que se durmió la noche anterior, eso es solo una ilusión.

Esa pared, fría al tacto y cálida a la vista, no era igual al día en que se pintó,  y no por el polvo de estos años o por los recuerdos de las puntillas que sostuvieron sus adornos, sino porque las personas que dedicaron varios minutos de sus vidas para pintarla, para pensara, para usarla ya no existían. Habían cambiado, se habían roto y se habían reconstruido, su relación ya no era la misma.

De repente ese feo color naranja, solo recordaba lo bonito del pasado, pero no prometía nada, solo la nostalgia de lo perdido.

Miraron fijamente, cada uno tomó un rodillo y lo sumergieron en diferentes colores, eran distintos, ya no importaba lo lindo o lo feo del pasado, ni siquiera lo incierto del furo, solo ese instante. Con rapidez momentánea, rodando en todas las direcciones y pasando sobre otro color fresco, cada uno cubrió una parte.

Al final, la nueva pared, un desastre estético combinaba colores, con trazos fuertes y firmes y uno que otro lento y suave, casi transparente, se convertía en un nuevo recordatorio. Ya no de promesas rotas, ni amores inconclusos, ni de pasados mejores o un porvenir difuso. Se convirtió en el recordatorio de que aunque naranja se deja entre ver, como el pasado, lo que realmente importa es el momento, el ahora, el día a día.

Esa fue su pared del aquí y ahora.

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Un nudo en la garganta

Un nudo en la garganta me ahoga

Esta calle me recuerda a ti. Trago duro y contengo las lagrimas. Esto me recuerda que no volveremos a caminar juntas, esta ordinaria calle. Alguien saluda al otro lado, sonrío mientras una lágrima desanda el medio milímetro que logró avanzar.

Tu recuerdo, la ciudad llena de vos, los ojos de tus amigos al verme. Mi corazón al recordar sus nombres, sus historias en tu voz. Ahí está el nudo otra vez, trago fuerte y sonrío diciendo que si, que estamos mejor, que gracias. Me alejo.

Me miro al espejo y no me encuentro, pero tampoco a vos.

Fuimos tan felices como pudimos, te amé más de lo que imaginaba posible.

El nudo otra vez, frente a la ventana, mi reflejo, tu recuerdo. Nuestras charlas con el reflejo no se podrán borrar de mi mente ni de cada ventana donde me refleje. Fue muy poco tiempo, fue mucho tiempo, fue el tiempo que debía ser. Me lo pregunto, me lo afirmo, me lo digo. No me convenzo, no lo creo.

Aparece el nudo. Lo que antes me hacía llorar con facilidad ahora no me produce nada. Rio con facilidad como de costumbre, pero con el nudo en la garganta y sin la alegría en el corazón.

Sigo adelante y sonrío.

Llega el nudo, no se desata, no se diluye en lágrimas. Porque la fortaleza está sobrevalorada, la soledad subvalorada y las lagrimas mal usadas.

Sonrío, porque el show debe continuar.

La cita

Pidió como de costumbre su mochachino, ese era el mejor lugar para tomar uno.

Se sentó con su libro, a la cita esperada, se sumergía en las letras y el mundo paralelo en el que había empezado a vivir 70 páginas atrás.

Está concentrada, viviendo en otro mundo, otra vida, esa su cita perfecta: ella, su libro y un mocha.

Una mujer se acerca y pregunta la hora, pero ella tarda en reaccionar, mira con desgano su celular y responde en automático 3:15, sin levantar los ojos del libro.

La joven parada en frente sonríe, y dice: “gracias… yo también lo leí con esa intensidad”.

Entonces Carolina levanta la mirada, y al encontrarse con esos ojos profundos, esas facciones delicadas y ese cabello corto, sintió que ya nada volvería a ser igual, ni siquiera su libro, con las hojas impresas varios años atrás. Sonríe nerviosa, algo incomoda, su contraparte hace el gesto de sentarse y pregunta con la mirada si puede hacerlo.

Carolina responde asentando con la cabeza, esto nunca le había pasado, ni con todos los hombres que había conquistado durante años, siempre era ella la que los embrujaba, siempre eran ellos los que se quedaban sin palabras, sin aliento.

Se sentaron frente a frente, con sus respectivas bebidas, con un libro de por medio, ambas ya lo sabían, nada volvería a ser igual.

Darse cuenta

Cuando se dio cuenta y quiso recuperar el tiempo perdido, ya era tarde. Tantos años y no se había dado cuenta, tantos años de amistad y de amor, si de amor, de un amor distinto, tan distinto que no lo había identificado como tal.

Un amor que se disfrazó de capricho, de amistad, de tabú.

Ahora cuando él por fin se dio cuenta que nada era lo que parecía, ya era tarde. Ella hacía rato había perdido las esperanzas, ella se había resignado a la idea de que lo de ellos no trascendería. Ahora cuando él era su mejor amigo, ahora ya era tarde para ambos.

Él acababa de percatarse, que las esperanzas se habían esfumado, su amor ya no sería, y ella, bueno ella se dio cuenta que él no era su mejor amigo.

Desnuda

Está sentada frente a ese extraño, justo en ese momento lo primero que piensa es porqué aceptó la propuesta. Salir desnuda frente a una cámara, en un portal web y hasta en un libro.

Recuerda cuando todo empezó, solo con la curiosidad alguien le habló del proyecto, luego ella lo buscó en internet, las fotos eran tan bonitas, tan bien hechas, las sonrisas y las miradas se llevaban el show, eran tan buenas, que la desnudez era la menos interesante.

Ella sabía que siempre había tenido algo de exhibicionista , también que su desnudez ya no la atormentaba, no ahora que de verdad se quería, tal y como era. No ahora que su autoestima de verdad era “auto” y ya no dependía de lo que el resto decían, de las que aparecían en la televisión o en las portadas de las revista. Ella había renunciado a eso, había renunciado a compararse, a “querer ser”… había ganado el “quererse”.

Y ahí está él, mirándola de frente. Sonriendo y sin ninguna intención de desnudarla con la mirada, ella ya está desnuda, y a él no le importa, algunos hombres habían mostrado más ansiedad y ella traía menos piel descubierta.

Para ponerse  cómoda le ofrece café y charlan. Así sin más, sin pensar en la desnudez, sin pensar en las fotos.

Él empieza a fotografiarla mientras conversan de todo un poco, a ella ya no le importan los aparatos alrededor, los reflectores de luz, quiere quedar bien, pero no piensa en su cuerpo, piensa en los recuerdos alegres que con la charla llegan a su mente.

Luego de una hora, él se va contento, cree haberlo logrado, sabe que lo logró, no la foto, sino que ella se valorará más de lo que ya lo hacía. Logró una foto que luego estará en línea, que luego motivará a más mujeres a eso, a recordar que su cuerpo es maravilloso, que su cuerpo es lindo y deseable y que no necesitan a nadie que se los recuerde.

Semanas después ella se toma una taza de café con las fotos en sus manos, son maravillosas, en ellas se ve tal cual es, su sonrisa y su mirada llenan la imagen de buenas sensaciones, ella es eso, es alegría y buena energía, ahí está desnuda completamente, tal cual es, ahí está su alma.

*entrada inspirada en el proyecto NU: The Nu Project

Su mirada

Se está yendo, lo sé.

Miro al frente al infinito,  buscando su presencia, ella está ahí pero no, me mira y no me mira. Mira a través de mí y no a mí, lleva ya 10 días sin hablar y con la mirada perdida.

Es un día especial, pero no lo sabemos, para mi es otro día más con las esperanzas rotas, ella sigue igual.

La saludo, silencio, no me acostumbro a eso, un silencio impenetrable, un silencio seco que asusta, ni con la mirada puedo saber si me escucha o no.

Reclinada en la cama, sigue inmóvil, en frente unos platos medio vacios dan cuenta que es el segundo turno de visitas, luego del almuerzo.

Me acerco, y le tomo la mano, me aprieta. Ahora sé que ella sabe que estoy aquí, eso me alegra un poco. Su mirada sigue en el infinito, yo la miro, miro los platos y me alegra ver que comió más de lo usual en esos días. Digo alegre ¿comiste rico? Y sin que me lo esperará me mira, Me mira y hace una mueca que ambas entendemos, se está burlando de la pregunta absurda cuando las pruebas están en frente. Me sonríe con los ojos  me sujeta más fuerte la mano.

Yo, en ese instante soy la mujer más feliz del mundo, me miró de verdad, como solía hacerlo antes de entrar a esta sala fría de cuidados intensivos. Esa mirada fueron segundos, esos segundos magia pura.

Nuestros ojos se cruzaron, fui feliz. Yo no recuerdo la primera vez que lo hicieron, pero seguro que ella si, fui su primera hija y aunque hubiese sido la quinta, dicen que ese momento se graba para siempre en la memoria de las mamás. La última vez que eso suceda ella no lo recordará, pero yo sí, el primero fue su momento y el último el mío.

Después de un monologo sobre mi día y el de mi hermanita, debo decir adiós, quiero repetir y busco sus ojos, pero ella ya no está, otra vez volvió a su mundo. Me despido, me sujeta más fuerte, trato de soltarme y ella me lo impide, no me ve, pero sabe que estoy ahí, no quiere que me vaya, yo tampoco, pero afuera esperan por su turno, se lo explico y prometo regresar mañana en la primera ronda de visitas.

La beso en la frente, mientras ruego por que mañana me regale otros segundos de mirada real, de magia.

Pero es tarde para ruegos, la magia dura poco, lo bueno dura poco, los 14 años que la tuve valieron la pena y esos segundos fueron su adiós, ella lo sabía.

La pregunta

– “y has sido feliz?” -le preguntó.

él se quedó mirándola fijamente, pensando.

No sabía cómo responder o cómo preguntar a qué se refería, ¿feliz cómo con ella? ¿con alguien más? ¿en la vida?. Fue feliz, diferente, pero si lo fue.

Ella por su parte notó la incomodidad en el ambiente, quería retractarse, eso no era lo que quería preguntar, a él se le notaba que era feliz, ella misma era feliz y fue feliz, como con él y distinto también.

-“¿puedo ofrecerles algo de postre?” – interrumpió el mesero.

Ambos alzaron la mirada y agradecieron su presencia. Ordenaron el postre de siempre, el de antes.

Y la cena retomo el ritmo que llevaba, siguieron de largo obviando la incomoda pregunta a la que ambos tenían respuestas.