La pared naranja

Viendo la pared naranja, recordaron lo feliz que habían sido juntos, los atardeceres naranjas, los otoños llenos de hojas amarillas en el piso, las tardes de café y té bajo las cobijas. Ya nada era igual, esa pared solo era un recordatorio molesto de un pasado colorido y un futuro incierto. Un futuro juntos, pero diferentes, nadie puede seguir siendo igual, nadie en la mañana es igual al que se durmió la noche anterior, eso es solo una ilusión.

Esa pared, fría al tacto y cálida a la vista, no era igual al día en que se pintó,  y no por el polvo de estos años o por los recuerdos de las puntillas que sostuvieron sus adornos, sino porque las personas que dedicaron varios minutos de sus vidas para pintarla, para pensara, para usarla ya no existían. Habían cambiado, se habían roto y se habían reconstruido, su relación ya no era la misma.

De repente ese feo color naranja, solo recordaba lo bonito del pasado, pero no prometía nada, solo la nostalgia de lo perdido.

Miraron fijamente, cada uno tomó un rodillo y lo sumergieron en diferentes colores, eran distintos, ya no importaba lo lindo o lo feo del pasado, ni siquiera lo incierto del furo, solo ese instante. Con rapidez momentánea, rodando en todas las direcciones y pasando sobre otro color fresco, cada uno cubrió una parte.

Al final, la nueva pared, un desastre estético combinaba colores, con trazos fuertes y firmes y uno que otro lento y suave, casi transparente, se convertía en un nuevo recordatorio. Ya no de promesas rotas, ni amores inconclusos, ni de pasados mejores o un porvenir difuso. Se convirtió en el recordatorio de que aunque naranja se deja entre ver, como el pasado, lo que realmente importa es el momento, el ahora, el día a día.

Esa fue su pared del aquí y ahora.

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Escribir

Por muchos años salía natural, escribir ficción salía natural, al punto de que solo necesitaba que alguien me nombrara un objeto, un sustantivo, era suficiente para que yo escribiera una historia corta. Recuerdo los blocks de papel amarillo que llene a punta de –“Papá, dime una palabra” así de fácil salía. Tal vez no eran premios nobeles, tal vez no eran interesantes o maduros, eran solo escritos. Pero fluía.

Ahora cada vez que intento escribir ficción, imaginar mundos paralelos, vidas paralelas, no hago sino mezclar todo con la realidad y al final ya no sé qué escribo. No hago sino llenarlos de sentimientos y ganas de llorar.

Definitivamente eso que dicen los que escriben es muy cierto, ( y yo que no hacía más que leerlos y asentar con la cabeza). Escribir se hace escribiendo, escribir es como un musculo, mientras más se ejercita más fuerte se hace y menos difícil parece cada entrenamiento.

Voy a volver a escribir. No por nadie ni para nadie, por mí, porque a veces siento que escribir y no escribir es lo que me separa de mi misma, de la verdadera yo. La que sonreía de verdad y la que se paraba y buscaba lo que quería sin tanto miedo, solo con una sensación en la boca del estomago que una vez superada daba paso a las mariposas de emoción. La que podía ser feliz.

Escribir es tal vez lo único que puedo recuperar de todo lo perdido en estos años. Es lo único que perdí que puede volver a mi antojo. Y aunque no es lo más importante perdido, es lo que me queda.

Porque eso de escribir, no es para contar una historia, no es para inventar vidas, es para que sea más fácil vivir la que uno ya tiene.

Todos somos mágicos

Los lienzos están en blanco, las emociones fluyen en colores y el suelo caen gotas de vida. El espacio se llena de notas musicales y acorde melódicos. Las letras inundan las páginas, la mano va más rápido que los pensamientos. El movimiento y el ritmo recorren el cuerpo, el sudor baja por la espalda, el corazón se acelera y el aliento se pierde.

Todos sanamos de a poco, bailando, escribiendo, pintando… creando.

Ese poder mágico a veces se esfuma, o se diluye en la rutina.

Son sanadores, la mayoría de los dones, todos tenemos alguno, unos pocos son bendecidos y tienen más de uno, hay quienes creen no tener ninguno. Algunos saben que deben tener uno, pero no saben bien cual, entonces chapucean de un lado a otro en su búsqueda, sin darse cuenta que ese es un don, encontrar sanación y plenitud en comodas cuotas en más de una forma.

Pero todos los tenemos, tenemos ese poder de sanarnos a través de ese poder, esa habilidad, esa pasión, no se necesita ser el mejor, no hay que ser Beethoven o el siguiente nobel de literatura, con tu poder, solo basta dejarlo fluir, solo basta creer en ti..

Para sanar hay que crear, hay que creer.

Eso de perdonar

Si luego de perdonar, tus pensamientos siguen revoloteando con dolor y rabia en tu interior, no lo has logrado, el perdón no ha llegado a tu alma.

El perdón llega cuando sientes que no esperas que ni siquiera el karma llegue a tu agresor. Cuando, conscientemente, sabes que tu agresor es mucho más que eso, es otro ser, que ama, que sufre, que siente, que vive y que como todos, comete errores.

Cuando perdonas de verdad solo esperas que quien cometió el error salga del circulo, que crezca como tú lo has hecho con la situación.

Solo esperas, por el bien de los implicados, que el circulo de causa  efecto se rompa, que el efecto no sea nunca más una causa, que el amor lo  transforme todo.

Perdonar tampoco es quedarse y poner la otra mejilla, no es permitir que el otro siga en el error. Perdonar es un regalo para uno mismo, para dejarlo ir, para vivir tranquilos, para aprender que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional.

Cuando al pasar  el tiempo y creyendo que habías perdonado, el dolor y la rabia quieran apoderarse de tus pensamientos, recuerda que la vida es neutra, que cada uno decide cómo sentirse, que la mente y el ego son incapaces de perdonar, que solo el corazón y el alma pueden

Él tal vez no lo sepa

Él tal vez no lo sepa, pero es mi primer recuerdo, él y los desayunos a media luz antes de la guardería.

Él no lo sabe pero le he perdonado los errores que solo yo consideré como tal y los que él señaló también.

Él me regaló mi primer cuaderno cuando todavía no sabía coger un lápizmy los seres más maravillosos como hermanos.

Él me enseña de la vida con sus historias, sus risas, sus abrazos y su vida misma.

Gracias a su amor y sus destrezas culinarias, mi palabra favorita es “desayuno”.

La vida nos ha quitado mucho a ambos, nos ha apartado en ocasiones, pero nunca nadie podrá negar que su amor de padre es infinito, nunca nadie podrá decir que es uno de los mejores.

Mi papá siempre será la sonrisa iluminadora, las anécdotas fascinantes, los desayunos deliciosos y sus manos calienticas. Lo amo y le doy gracias a la vida por haber nacido en su familia.

Y le doy gracia a él por enseñarme con amor, mostrarme el camino y apoyarme en mis decisiones.

Él tal vez no lo sepa, pero lo amo con todas las fuerzas de mi corazón, él tal vez no lo sepa pero su sonrisa me alegra el día, él tal vez no lo sepa pero saber que existe me llena de alegría y gratitud con la vida.papa

Pintaría cielos

Si supiera pintar, pintaría cielos.

Porque nunca habrá una palabra tan infinita y profunda que pueda mostrar el azul intenso del comienzo de una noche en luna nueva.

Ni los lentes de la cámara lograrán captar la escala de rosados, magenta, violeta y azul que despliega un atardecer de agosto.

Los pintaría, no para que otros vean la belleza y magnitud, sino para no olvidarlos nunca, tal como los vi, tal como los viví.

Porque el cielo, ese despejado de azul tranquilo, el plácido de blancas e inmaculadas nubes, el naranja con destellos amarillos en el horizonte, esos, todos, se han convertido en la mejor manera de recordarte, de honrarte.

Donde sea que estés, se que los ves y los vives como nuestra cita diaria, porque así como el tiempo, el cielo siempre está ahí. Me recuerda tu vida, los sueños que te llevaste con ella y la necesidad de vivir más cielos para sentirte cera.

Nuestros cielosPintaría cielos para ti y para mí.
Esta vida y las que sigan.

Me busco

Hay una parte de mí que se escapó con vos y otra que ya estaba perdida hace un tiempo.

Ahora no soy media sino un tercio, queda la indispensable para las funciones vitales, la que se deja llevar por la corriente. La que busca energía para poder luego ir a buscar a una de esas dos perdidas.

Tal vez deba empezar con la que se perdió primero, la de la razón, la que olvidó qué quería hacer con su vida. La que se perdió primero podría dar fuerzas para encontrar a la que se fue con vos.

Pero esa que se fue luego es la que más duele y pesa, esa se siente como un hueco en el corazón, como un físico espacio vacío, la que tal vez nunca vuelva, porque aunque no dejó carta de despedida todos sabemos dónde está. Esa es la que a veces no me deja avanzar

La que queda las busca en silencio, en trivialidades, en medio de libros, de papel y de arte. A veces parece que está cerca, como cuando el corazón da un brinquito de alegría al lograr dar forma a un papel o al dejarse llevar y llenar varias hojas de pensamientos y palabras.

Otras veces parece que está más perdida que las que busca, porque nada le quita el aliento. Ni la sonrisa que antes le quitaba el sueño, ni la brisa del viento en la cara que tanto añora cuando está lejos. En esos días, a veces la luna ayuda, y logra arrebatarle un buen pensamiento por unos segundos, pero no es suficiente.

No sé qué estoy haciendo o a qué me dedico, no es claro en este momento. Solo sé que me busco y todavía no me encuentro.